EL diario de un narcisista

"Me encanta el silencio, pero no luce bien en mis labios.
La discreción es parte de mi lengua, pero no de mis manos".

viernes, 17 de febrero de 2017

Back to black

Han pasado ya varios años desde la última vez que le puse nombre a la felicidad. Recuerdo que solía llevar un registro de todos los nombres que alguna vez usé para nombrar a la felicidad. Irónicamente, cada nombre era el título de algún episodio de mi vida en el que alguien que quería terminaba odiándome o, en el mejor de los casos, olvidándome.
Siempre pensé que moriría joven, que algún día los cigarrillos a los que tanto me encomendaba y de los que era tan devoto tendrían el solidario gesto de acabar conmigo o con lo que quedaba de mí.
No deja de resultarme paradójica la idea de un narcisista que posea una fuerte vocación por la autodestrucción. Quizás el narcisismo es solo el reflejo de un espíritu autodestructivo. Quizás el narcisismo solo sea una mirada al fondo del abismo, una mirada a un mundo en el que solo queda uno mismo porque ya se ha destruido todo lo demás o -dicho de otro modo- porque ya terminamos de destruir nuestra propia conciencia. Quizás la forma más efectiva de acabar con uno mismo es empezando por el alma…
Sobre una cama, desnudo y fumando un cigarrillo, una vez más, empezaba a destruirme. Johana estaba a mi lado y detrás de ella la horrible fantasía de un romance de toda la vida. La promesa de un amor desinteresado atravesó mi piel como un dardo. Inmediatamente, una fría brisa recorrió mi cuerpo, trepándome por la espalda. En medio de la angustia y el miedo, surgió una tertulia post coital que me devolvería a las puertas del infierno:

-        ¿Por qué eres tan idiota?
-        Porque necesito que lo creas.
-        No eres malo. No te nace.
-        Pero me sale bien
-       
-        No es personal. Vístete, debo irme.
-        Y ¿qué vas a hacer?
-        Necesito escribir.
-        ¿Qué?
-        Necesito anotar todos mis recuerdos de cuando era ingenuo.
-        ¿Por qué dices eso?
-       Porque lo fui… Una vez, alguien me dijo, de la forma más tierna, que es también una de las más viles y rastreras, que quería que la tome en serio.
-        ¿Cómo se llama?
-        ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso supones que la conocerías?
-        Ya bueno, sígueme contando.
-    Salimos y la besé en cuanto pude. Era una de esas cosas que sentía que tenía pendiente. No podía evitar intentar algo con ella. Me gustaba mucho… Me gustaba bastante… Creo que ella fue de las pocas personas con las que podía sostener una conversación interesante manteniendo al mismo tiempo un gran interés por su superficie.
-        Ya, o sea, te gustaba ella y como hablaba.
-    Cuando lo dices, suena tan sencillo, tan poco especial, tan irrelevante… Ojalá Mónica hubiese sido tan simple, quizás así hubiese dolido menos.
-        ¿Te engañó?
-   No creo. El único que se engañó fui yo. El único compromiso que teníamos era la consciencia plena de que el único enamorado era yo. Pero sí, me decepcionó y me dolió mucho que la única persona en quien confié de manera total no haya tenido el valor de ser honesta y decirme que ya había dejado de sentir algo por mí. Seguro lo único que sentía por mí era la nostalgia que le producían mis miradas de joven Ulises llegando a su hogar. Entonces comprendí que valiente es aquel que mata con la espada y que cobarde era aquel que lo hacía con un beso…



Después de un largo suspiro, empecé a vestirme. Todo había acabado o -en realidad- había vuelto a comenzar. Hablar de mi último amor con el primer amor de mi vida, me hizo sentir tan maldito, tan pérfido, tan vil que el sórdido silencio que se había apoderado del lugar y que hacía eco entre las paredes de la misma habitación donde antes hablaba de amor y donde ahora hablaba de desamor parecía una bella melodía propia de un réquiem que anunciaba una muerte. Esa noche no le puse nombre a la felicidad. Esa noche empecé a matarla.