Han pasado ya varios años desde
la última vez que le puse nombre a la felicidad. Recuerdo que solía llevar un
registro de todos los nombres que alguna vez usé para nombrar a la felicidad. Irónicamente,
cada nombre era el título de algún episodio de mi vida en el que alguien que quería
terminaba odiándome o, en el mejor de los casos, olvidándome.
Siempre pensé que moriría joven,
que algún día los cigarrillos a los que tanto me encomendaba y de los que era
tan devoto tendrían el solidario gesto de acabar conmigo o con lo que quedaba
de mí.
No deja de resultarme paradójica
la idea de un narcisista que posea una fuerte vocación por la autodestrucción.
Quizás el narcisismo es solo el reflejo de un espíritu autodestructivo. Quizás
el narcisismo solo sea una mirada al fondo del abismo, una mirada a un mundo en
el que solo queda uno mismo porque ya se ha destruido todo lo demás o -dicho de
otro modo- porque ya terminamos de destruir nuestra propia conciencia. Quizás
la forma más efectiva de acabar con uno mismo es empezando por el alma…
Sobre una cama, desnudo y fumando
un cigarrillo, una vez más, empezaba a destruirme. Johana estaba a mi lado y
detrás de ella la horrible fantasía de un romance de toda la vida. La promesa
de un amor desinteresado atravesó mi piel como un dardo. Inmediatamente, una
fría brisa recorrió mi cuerpo, trepándome por la espalda. En medio de la
angustia y el miedo, surgió una tertulia post coital que me devolvería a las puertas
del infierno:
-
¿Por qué eres tan idiota?
-
Porque necesito que lo creas.
-
No eres malo. No te nace.
-
Pero me sale bien
-
…
-
No es personal. Vístete, debo irme.
-
Y ¿qué vas a hacer?
-
Necesito escribir.
-
¿Qué?
-
Necesito anotar todos mis recuerdos de cuando
era ingenuo.
-
¿Por qué dices eso?
- Porque lo fui… Una vez, alguien me dijo, de la
forma más tierna, que es también una de las más viles y rastreras, que quería que
la tome en serio.
-
¿Cómo se llama?
-
¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso supones que la
conocerías?
-
Ya bueno, sígueme contando.
- Salimos y la besé en cuanto pude. Era una de
esas cosas que sentía que tenía pendiente. No podía evitar intentar algo con
ella. Me gustaba mucho… Me gustaba bastante… Creo que ella fue de las pocas
personas con las que podía sostener una conversación interesante manteniendo al mismo
tiempo un gran interés por su superficie.
-
Ya, o sea, te gustaba ella y como hablaba.
- Cuando lo dices, suena tan sencillo, tan poco especial,
tan irrelevante… Ojalá Mónica hubiese sido tan simple, quizás así hubiese
dolido menos.
-
¿Te engañó?
- No creo. El único que se engañó fui yo. El único
compromiso que teníamos era la consciencia plena de que el único enamorado era
yo. Pero sí, me decepcionó y me dolió mucho que la única persona en quien
confié de manera total no haya tenido el valor de ser honesta y decirme que ya había
dejado de sentir algo por mí. Seguro lo único que sentía por mí era la
nostalgia que le producían mis miradas de joven Ulises llegando a su hogar.
Entonces comprendí que valiente es aquel que mata con la espada y que cobarde
era aquel que lo hacía con un beso…
Después de un largo suspiro, empecé
a vestirme. Todo había acabado o -en realidad- había vuelto a comenzar. Hablar
de mi último amor con el primer amor de mi vida, me hizo sentir tan maldito,
tan pérfido, tan vil que el sórdido silencio que se había apoderado del lugar y
que hacía eco entre las paredes de la misma habitación donde antes hablaba de
amor y donde ahora hablaba de desamor parecía una bella melodía propia de un réquiem
que anunciaba una muerte. Esa noche no le puse nombre a la felicidad. Esa noche
empecé a matarla.